Relato: El sueño de la mujer del pescador

Escribí esto hace unos meses en una de esas tardes aburridas en las que uno siente la necesidad de ponerse a escribir por escribir. La idea es sencilla: tomar un cuadro bastante extravagante de Hokusai y convertirlo en un breve relato erótico (bastante light) donde ensayo mis capacidades para ser el futuro autor bestseller de una trilogía erótica tipo Grey. El relato, pues en fin, no es ni lo más rompedor, ni lo más excitante, ni lo más divertido que he escrito, pero uno tiene que reservarse el mejor material para cuando este blog tenga más de dos visitantes, ¿sí?

Pasada la introducción, aquí el relato picante con octópodo incluído.

Katsushika+Hokusai's+The+Dream+of+the+Fisherman's+Wife+(1814)

 

EL SUEÑO DE LA MUJER DEL PESCADOR
Rumiko sabía que estaba soñando. La arena estaba demasiado clara, el cielo brillaba mucho, con el rastro de misteriosos planetas azules que brillaban tenuemente en el cielo, gigantescas esferas melancólicas como únicos testigos para aquella fantasía secreta. Ni el dueño del restaurante, ni la señora del burdel, ni el sastre ni el samurai, nadie se enteraría. El sueño es el único lugar realmente privado, el único refugio contra el mundo. Todo lo demás es inseguro, frágil, corruptible. No el sueño. Aquella playa era suya, el mar, el cielo, los planetas. El amor.

Dejó caer su kimono, se quedó de pie un rato, contemplando las olas oscuras. Mordió su labio inferior, con un cruce entre excitación y nerviosismo. Su lengua se retorcía dentro del paladar, expectante y salívea, marcando el latido de su deseo. Caminó lentamente hacia las rocas negras, brillantes, bañadas por el agua salada, golpeadas levemente por las olas. Ese era el lugar donde le había esperado tantas veces, tantas noches. Pero hoy vendría. Los planetas fulgurantes del cielo anunciaban su llegada.

Cerró los ojos. No había que verlo llegar, era cuestión de fe. Era cuestión de creerlo. Notó la caricia blanda del primer tentáculo en sus húmedos tobillos, un suave roce que fue escalando por su muslo derecho, apretando con sus ventosas las piernas blancas de la esposa. Ella gimió mientras miraba abajo… era gigantesco, era tan enorme como lo había descrito su marido. Era perfecto, una bestia hermosa y gigantesca, salvaje y profunda, venida desde otro mundo, una ciudad submarina hecha de rocas y corales. El segundo tentáculo trepó por la otra pierna, y separó suavemente sus miembros, antes de colocar su boca gelatinosa en el sexo de Rumiko. Aquel enorme pulpo la atrapaba entre sus fuertes y viscosos tentáculos, rodeándola por entero mientras lamía su vagina con entrega, refrescando sus entrañas con los líquidos submarinos que emanaban de su boca.

Aquella bestia la amaba mejor que cualquier hombre. Sabía cómo devorarla, como deslizarse por su carne, cómo cubrirla mejor que cualquier cuerpo humano, deshaciéndola en jadeos y gemidos. El animal se abalanzó sobre ella, cada vez más apasionado, cada vez más salvaje, cubriéndola entera, recorriendo cada centímetro de su cuerpo, por fuera y por dentro, estimulando lugares de su interior que ningún hombre podría alcanzar jamás.

Su marido se había obsesionado con cazar al pulpo. El pulpo más enorme de la costa de Kamakura. Todos los hombres competían por él, todos deseaban cargar con el cadáver de aquel hermoso dios del agua, convertirlo en un viril trofeo. Era fácil entender por qué envidiaban tanto al pulpo. Ella lo sabía mejor que nadie. Mejor que todos los pescadores de Japón, mejor que su marido. Ella lo comprendía todo. Después de saciar su hambre, el animal regresó a la oscuridad del mar. Ella se quedó tumbada en la arena, respirando pesadamente, arrebatada por los planetas azules, que ahora se apagaban, complacidos.

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