The Waldo Moment: Democracia en dibujos animados

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Ah, Black Mirror, qué gran serie. Charlie Brooker es sin duda uno de los tipos más brillantes de la televisión británica, un comediante cínico y observador, con un excelente espíritu crítico y una lengua mordaz. Black Mirror es probablemente su mejor obra, una serie de televisión de episodios autoconclusivos sobre la tecnología y su influencia sobre la sociedad y el individuo. Tarde o temprano tenía que hablar de la serie, y hoy he podido ver el último episodio de la segunda temporada, que fue emitido el lunes en Channel 4. No es mi episodio preferido, pero sí que me ha parecido realmente interesante, y creo que es fácil desestimarlo como una travesura. Sobra decir que el artículo está cebadito de spoilers. Así que ahí vamos: The Waldo Moment.

Este episodio va sobre un oso azul que cuenta chistes de pollas, y del hombre detrás del dibujito. Waldo es una mascota televisiva que hace que Padre de Familia parezca humor aristocrático. No es gracioso, realmente, es grosero con un poco de labia a la hora de soltar barbaridades, y ni siquiera tanta labia, quiero decir, los chistes son malos y las ocurrencias generalmente facilonas, con algún rastro de agudeza reprimido por todos los chistes de penes. Es un troll, básicamente, un troll al que le ríe las gracias el populacho.

vlcsnap-2013-02-27-01h30m19s242El hombre detrás de esto es Jamie, un tipo solitario y sin tendencias políticas: su función es hacer reír al circo. Sin embargo la creciente popularidad de Waldo le lleva a enfrentarse a varios candidatos políticos en unas elecciones regionales. Un experimento televisivo que llega demasiado lejos. La cuestión es que a primera vista es un episodio bastante obvio. Partimos desde la actual situación de desencanto político y crisis económica, donde el simple hecho de insultar en la cara al político recibe muchos (comprensibles) aplausos. Porque nos caen mal los políticos, y no confiamos en ellos. Este desencanto político no ha hecho más que incrementar desde finales de los ochenta hasta ahora, donde la crisis de las democracias frente a la economía de mercado ha movido la figura del político desde un inspirador social hasta un mero administrador económico; y ante el evidente fallo de esta administración, la democracia moderna pierde su legitimidad y queda revelada como un torpe juego de títeres.

vlcsnap-2013-02-27-01h30m46s5Entonces llega Waldo. Es un candidato radical, que hace lucir la hipocresía de los candidatos frente al público; una mascota sin pelos en la lengua capaz de llamar a las cosas por su nombre. A pesar de ser ficticio, su discurso sabe más a realidad que todos los ideales políticos: Waldo habla desde las entrañas, y se convierte en la voz de aquellos que ya no se sienten representados por las ideas políticas de siempre. ¿Pero es Waldo la fuerza renovadora que necesita occidente para recuperar sus antiguas libertades? No, en absoluto: Waldo es otra trampa, y una muy peligrosa. No alimenta las ansias de libertad, sino el placer del escándalo. Alienta a lo más bajo, a lo puramente destructivo, y de esta manera la única ideología que transmite es la de un nihilismo individualista y destructor que termina alienando al público. Cuando un enviado de los Estados Unidos que dice trabajar para “la agencia” (supongo que se refiere a la CIA) les propone convertir a Waldo en un fenómeno internacional, el codicioso ejecutivo de televisión accede. Su plan es convertir a Waldo en la voz de los incomprendidos, y asegurarse de que esa voz esté vacía de significado. Destruir por destruir, encarnado en una voz que en última instancia está controlada por el poder. Cuando Jamie decide salir de todo, acaba siendo machacado y perdiendo su trabajo.

El epílogo- que en primera instancia puede parecer gratuito en su crueldad- nos muestra un futuro distópico donde un Jamie mendigo es apalizado nuevamente, esta vez por dos policías de estética absolutista, con sus rostros cubiertos por cascos que remiten al uniforme actual de los anti-disturbios. En una pantalla y en varios idiomas, se nos muestra a Waldo, que ya ha conquistado el mundo. Canalizando todo el fervor regenerador de la democracia e infectándolo de nihilismo, reduciendo a la población a la servidumbre voluntaria, a la pusilanimidad de los que substituyen las ideas con substancia por el mero espectáculo. Waldo es el huevo de la serpiente, una explosión controlada que termina por minar el espíritu crítico de una población idiotizada por el morbo televisivo, y acaba dando pie al auge de un nuevo fascismo, con cara de osito de peluche.

black_mirror_waldo_2492447bThe Waldo Moment es un episodio nada desdeñable, y la ocasional vulgaridad de su humor puede distraer de la esencia, muy influenciada (creo) por los documentales de Adam Curtis, que ha trabajado con Charlie Brooker en bastantes ocasiones. Sin embargo no está exento de críticas: su planteamiento político es tan radical como inverosímil, la visión de la población como bestias domadas por la televisión es de  brocha gorda. Entiendo que se trata de una sátira, y que las exageraciones son deliberadas, pero esto le resta la potencia dramática de episodios como The Entire History of You o Be Right Back. A excepción del personaje protagonista, todos los demás se comportan y hablan según los patrones arquetípicos, con el productor cínico, el político conservador bien peinado, etc. A pesar de estos defectos- en parte achacables a la corta duración del formato- este último episodio propone unas cuantas ideas interesantes con respecto a los discursos anti-políticos y el carácter eminentemente conservador de los mismos. Hay que guardarse de los populacheros como Waldo, porque buscan la revolución de la mediocridad.

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