Relato: Trabajador sobre-cualificado

Hoy otro mini-relato para pasar este domingo lluvioso. La imagen que lo acompaña es una preciosidad hecha por Iker Cortázar. No he recibido aún respuesta a mi solicitud para usar su dibujo, pero me gusta su trabajo y espero recibirla pronto. Si le parece mal pues lo quitaré y buscaré otra cosa, recordad niños, si podéis pedir permiso para usar material ajeno, hacedlo. He recortado la imagen un poco por razones de espacio, la versión completa está aquí.

iker-cortazar-banquero

 

Trabajador sobre-cualificado

 
No había sido fácil robar esos millones. Le había tenido que pagar el safari al señor ministro, perdonarle las deudas al alcalde, despistar al fiscal. Nada fácil, nada comprensible. Estandarizar la facturación de la plusvalía, desviar los fondos líquidos a cuentas Caimán, blanquear los beneficios de las acciones canalizando la demanda de los activos a inversores, fiscalizar el patrimonio de los beneficios, subir los intereses de los stocks devaluados maquillando las facturas, gestionar la contabilidad de las existencias según los principios mercantiles de las finanzas de los acreedores… ¡Qué maravillosa red de maquiavelismo legal! ¡Qué grácil surf sobre las olas estadísticas, qué forma de esquiar por las laderas financieras y los desplomes de la bolsa!

Alzó el papel frente a la luz de su ventana, como el que mira una diapositiva. Aquella hoja era la última prueba del delito, el cabo suelto que lo ligaba a la compleja trama que había orquestado durante años. Incomprensibles cifras, un jeroglífico hermético de cuentas maquilladas que sólo un ojo experto podía comprender. Partió el papel en cuatro mientras sonreía, luego lo lanzó a la papelera con un gesto de orgullo majestuoso. Encendió un puro para celebrar el mayor éxito de su vida.

Su secretaria le avisó de que era hora de salir a comer con el señor juez, a un restaurante de lujo en el centro histórico de la ciudad. Él se puso al americana y salió de su despacho con paso lozano y alegre; de camino al ascensor se cruzó con la chica de la limpieza, una jovencita con sobrepeso a la que el departamento de recursos humanos había contratado por el sueldo mínimo. Era la chica que tenía que vaciar su papelera. Él no lo sabía, pero se llamaba Mónica. Mónica era licenciada en derecho y economía, y había ocultado ese dato de su currículum a fin de ser contratada como limpiadora. De haberlo sabido, él no le habría sonreído así al cruzarse con ella, con la satisfacción que da sentirse superior, divino, intocable.

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