Relato corto: Ni es cielo, ni es azul

Acabo de escribir este relato corto después de comer, creo que no me ha salido del todo mal, aunque he hecho un poco de trampa con mi derecho de cita, y con esto quiero decir que le he plagiado abiertamente unas metáforas a Emily Dickinson; puestos a plagiar, plagiemos de los buenos. Por lo demás, aquí va un relato con cita y todo. He elegido la de Argensola porque me sirve mejor para el relato, si bien creo que la de Calderón también se ajusta, “¿Qué más razón, más verdad, más prueba/ que el cielo azul que miramos?/ ¿Habrá alguno que no crea/ vulgarmente que es zafiro/ que hermosos rayos ostenta?/ Pues ni es cielo, ni es azul”. Joder, cómo mola el siglo de oro. En realidad no hace falta escribir nada más, pero es que si no los escritores nos aburrimos. A lo que iba, el relatillo:

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NI ES CIELO, NI ES AZUL

“Porque ese cielo azul que todos vemos

ni es cielo, ni es azul, ¡lástima grande

que no sea verdad tanta belleza!”

– Lupercio Leonardo de Argensola

Todo empieza siempre con una piedra sobre el suelo. También esta ciudad. Ahora es casi imposible imaginar este lugar hace siglos, cuando solamente era una tierra baldía donde una vez alguien colocó el primaer ladrillo. Hubo un tiempo en que este lugar era un terreno yerto, y el horizonte se expandía en todas direcciones, sepultando a los hombres bajo la gigantesca impresión de lo infinito. Ahora no sepulta algo distinto: por todas partes paredes, puertas, ventanas cerradas. Torres que llegan hasta el cielo y desgarran las nubes, tapias que por todas partes nos cercan; todas las salidas están bloqueadas, sólo se puede caminar en círculos, un desfile sonámbulo que centrifuga el mecanismo de esta pesadilla.

Igual que una rata de laboratorio, vago sobre el asfalto arrastrando mi cuerpo por instinto, tan acostumbrado a la confusión de la ciudad que mi memoria de océanos y horizontes parece un sueño mal recordado, imágenes acuosas cada vez más tenues. Con los años este laberinto se ha ido convirtiendo en el único mundo posible, y me resulta difícil concebir nada más. Me aferro a mis últimos pensamientos libres antes de que se me escapen de las manos y salgan volando de aquí.

El agua se aprende por la sed, el éxtasis por la agonía; la paz por las batallas. El cielo se aprende por los muros insaciables del laberinto. Aquí el cielo es lo único que no es el laberinto. Llego al edificio más alto que conozco, y empiezo a trepar por su fachada, agarrándome a cables, tuberías, cornisas, balcones y marcos de ventana. Miro solamente hacia arriba, y cada gesto se hace más difícil, más doloroso. Pero sigo subiendo, abajo sólo hay estrépito y ceniza.

Tardo días en alcanzar la cima, pero al fin toco la corona de la torre. Bajo mis pies, una aterradora urdimbre de ladrillos y granito que se expande como una telaraña hasta donde alcanza la vista. Sobre mi cabeza, el cielo. Trepo por la antena, la promesa azul del firmamento me llena de fuerzas, me empuja hacia arriba, con sed, con hambre, con ansia; claro y luminoso. Nunca he estado tan alto, nunca he sido tan grande.

Mi mano toca el cielo. Lástima. Mi mano toca el cielo y es duro, y áspero, y cruel. No, no es cielo, es una bóveda pintada de azul. Lloro por primera vez en siglos, y me quedo ahí, tocando el rostro de la mentira. Lástima grande que no sea verdad tanta belleza.

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Comments
One Response to “Relato corto: Ni es cielo, ni es azul”
  1. merce falco dice:

    mira k eres bueno!!
    las citas, buenísimas y el cto en tu linea poetico-filosofica, miy, muy sugerente

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