Relato- Todos en Moloch.

Este es un… relato… homenaje a Allen Ginsberg. Lo llamo homenaje por no llamarlo plagio, puesto que hay bastantes frases del poema dentro del relato. Llamémoslo… reescritura, versión, cover, experimento a ver qué sale. Ha salido esto, con cita inclusive. Pertenece a un fragmento citado en Wikipedia (sí, es legal hacer eso) de un historiador griego conocido por ser un tanto exagerado, y del que sobreviven muy pocos fragmentos, incluyendo este.

“Al ver venir al Sumo Sacerdote de Moloch vestido de túnica púrpura, color de pureza, le pregunte cual es el origen del culto. Me contesto que en los tiempos primordiales hubo una gran catástrofe y hoy en día sino fuera por los sacrificios para fertilizar la tierra, serían piedras lo que encuentren. Entonces, en medio de una plataforma había una estatua de Cronos, con las manos extendidas sobre un brasero de bronce, las llamas que engullen a los niños. Cuando las llamas alcanzan el cuerpo, sus miembros se contraen y la boca abierta casi parece reír, hasta que el cuerpo contraído se desliza resbalando al fondo del brasero. Así es que esta mueca se conoce como risa sardónica, puesto que ríen al morir.”

– Clitarco de Alejandría

moloch

TODOS EN MOLOCH

Moloch. He venido a ti, a tu gigantesco cuerpo hecho de vigas de fierro retorcido, a la fuerza de cobre de tus brazos, tus poderosas piernas de metal pesado. Frente a todas estas ventanas que son tus ojos, Moloch, no puedo sino adorarte. Los demás Dioses murieron, o simplemente se marcharon, y se llevaron con ellos las cosas del Cielo, y aquí estoy yo ahora, desnudo, arrastrándome ante Moloch. Moloch que devora la inocencia, que se alimenta de la carne nueva. Te traigo a mi hija, porque fuera no hay más que desierto, el árido terreno de Moloch. Yo te doy esta inocencia, a cambio, déjame plantar en las esquinas de tus manicomios invencibles. Pido sólo una gota mágica que pueda sembrar algo en esta tierra baldía. Moloch, toma a mi hija, no hay en ella ni una mancha. Es blanca, perfecta, huele a luz. Te la ofrezco para que la arrastres a tus hornos industriales, a tus tripas llenas de válvulas y aguijones y pecados y gólgotas… la llevarás a tu nación espectral, la convertirás en una de las tuyas, consumiéndola poco a poco hasta dejarle en la cara una permanente sonrisa sardónica, con la que me mirará y me pedirá que me ahorque.

Moloch, Moloch, yo te doy el sacrificio, y tú harás brotar la tierra de Sardes. Y de ahí surgirán tus plantas, los frutos de la adoración, nuestro único alimento. Frutos rojos, oscuros, con sabor a sangre y a guerra. Frutos cuyas cáscaras son cascos militares, cuencos de sangría, morteros llenos de humo tranquilizante. Y nosotros queremos llevar flores hacia el río, al río de Moloch donde se ahorcan los padres después de la ofrenda, también sonriendo con la piel deformada por el fuego. En este lugar donde alguna vez estuvieron las plantaciones del cielo. Moloch. Todos en Moloch. Moloch cuya risa es petróleo infinito y fuego.

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